EN ESTE NÚMERO (15)
 
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Cara y Señal #15
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El lenguaje del desarrollo
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(El lenguaje del desarrollo)
Desarrollo sustentable y libertad de expresión

(De) liberación

Veinte años después de la primera Cumbre sobre desarrollo sustentable, el reconocimiento de la democratización de las comunicaciones como condición para la lucha contra todas las desigualdades es aún muy débil. ¿Qué comunicación para qué desarrollo? Medios libres, múltiples, soberanos, pluralistas, que construyan poder ciudadano para discutir los sentidos que parecen inalterables.


Por Rosario Puga, Radio Tierra, Chile

La realización de la Cumbre Río+20 no sólo nos sitúa frente a la crisis de la sustentabilidad ambiental del modelo de desarrollo único que desde la década de los 80 impuso el neoliberalismo. También obliga a mirar las prácticas que han roto el consenso universal en torno al rol del mercado, que aparecía naturalizado como regulador de las relaciones sociales en la llamada era de la globalización.

Veinte años después de la cita mundial donde se cuestionó por primera vez la sustentabilidad del modelo postindustrial, nos encontramos frente a un capitalismo extremo que no puede ofrecer nada excepto su crisis y sus intentos de reformularse. Sus defensores, presentan la estrategia de continuidad del modelo bajo el rótulo de la llamada «economía verde» (ver Píntalo de verde en esta revista) pero olvidan que el problema de la sustentabilidad es esencialmente un problema de justicia ambiental y no sólo de paliar los costos de los daños colaterales provocados por los procesos productivos.

La Cumbre se realiza en momentos en que el poder financiero mundial está afectado por la crisis desencadenada por los mercados de capitales. Sus efectos se hacen sentir sobre sociedades enteras atrapadas en dinámicas de empobrecimiento. La causa hay que buscarla en la aplicación de políticas que se sustentan en la desmedida función del mercado financiero en la definición del desarrollo económico.

Los movimientos sociales y la sociedad civil pondrán en juego una revisión profunda de los poderes transnacionales que imponen las reglas del juego. Y aunque nadie espera mucho de la Cumbre en términos de acuer dos vinculantes, Río+20 será el escenario donde quedará representado el fracaso de la mundialización económica. Muchas naciones llegan teniendo que enfrentar también el agotamiento de las democracias representativas, cuyas fórmulas de gobernabilidad no alcanzan a proteger a las mayorías ante el desmedido poder de los grupos fácticos que rigen el orden mundial.

Frente a los conflictos que la gobernanza mundial de la economía plantea a los procesos nacionales, es urgente que las sociedades tengan capacidades de acción política que respondan a las actuales lógicas del poder. En este sentido, la defensa de la diversidad cultural, que nos confronta con cuestiones tan antiguas y vigentes como el conflicto por la propiedad de la tierra y sus recursos, estará en el centro de la discusión. Pero se debe tener en cuenta que para hacer una crítica a fondo a las relaciones de poder es necesario que la libertad de expresión sea una dimensión transversal, presente en todos los niveles del debate. En el ejercicio efectivo del derecho a la comunicación se juega la capacidad política de las comunidades nacionales para definir pactos sociales que movilicen cambios en los modelos de desarrollo.

La cuestión de los medios

La libertad de expresión ha sido afectada de manera definitiva por la dinámica económica. Desde esta certeza deben incorporarse los medios de comunicación a la discusión sobre el cambio de paradigma. Las telecomunicaciones se han convertido en uno de los sectores estratégicos de la actividad especulativa sin limitaciones para la inversión transnacional y la integración vertical.

La concentración de los medios en pocas manos ha impuesto grandes dificultades al desarrollo del debate democrático a nivel mundial y puso en crisis la noción de bien común. La reacción de algunos gobiernos de aumentar la participación del Estado en la gestión de los medios ha demostrado ser insuficiente para garantizar marcos de libertad de expresión que conformen poder ciudadano efectivo.

El cambio de paradigma que detenga la llamada crisis civilizatoria tiene como condición que cada país tenga diversidad de medios, en diversidad de manos, que puedan confrontar contra poderes donde los conflictos de interés encuentren representación. En ese contexto, es clave que se reconozca a los medios de comunicación como bienes públicos. Porque para crear poder democrático se requiere una comunicación capaz de cuestionar los modelos de desarrollo desde una soberanía comunicacional basada en un pluralismo real, que vuelva a dotar a la ciudadanía del rol deliberativo que le corresponde. Es decir, que opere sobre las relaciones de poder que el orden globalizado ha hecho invisibles.

Para que esto sea posible es necesario promover que se reconozca el derecho de la ciudadanía a acceder a la gestión de medios de recepción libre y gratuita, de modo que se conformen nuevas actorías y nuevas formas de deliberación.

Es necesario comprender que el poder de la ciudadanía global pasa por la democratización de la palabra pública. Y eso sólo será posible enfrentando la mercantilización de los medios de comunicación con una cultura donde la libertad de expresión sea reconocida como un derecho humano.  •




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