| EN ESTE NÚMERO (15) |
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Cara y Señal #15 Editorial Equipo Cys 15 El lenguaje del desarrollo Desalambrar el sentido Conferencias en Río de Janeiro Perspectivas encontradas O que esperar da Rio+20 Pueblos originarios andinos Desarrollo y libertad de expresión Testimonios Entrevista Cândido Grzybowski Derecho a la comunicación Criminalización / Chile El derecho penalizado / Chile Periodistas asesinados en Colombia Ley de Protección en México Ley de Telecomunic. / Bolivia El itinerario de la diversidad La radio Eso es una radio El tratamiento del agua / Nicaragua Asociación Pukllasunchis / Perú Cosmovisiones / Guatemaya Audiovisual Infantil / Colombia Género Ley contra la violencia / Nicaragua Radio Candela / Paraguay La red Jóvenes en Centroamérica Declaración del encuentro Conferencia de AMARC Colombia Memoria escrita / Colombia La Primavera árabe y los medios Asia Pacífico desde América Latina Por los países Declaración de AMARC ALC Sabías qué? Radio Mochila / América Latina La radio saludable / Perú Publicaciones de AMARC ALC La violencia en Honduras Encuentro de Comunicación / Uruguay Foros de comunicación / Perú Informes de la Agencia Púlsar | (El lenguaje del desarrollo) El lenguaje del desarrollo Desalambrar el sentido «El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. El 20% de la humanidad comete el 80% de las agresiones contra la naturaleza y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables.» Eduardo Galeano La lengua es el primer campo de batalla en la disputa por los territorios: ya no es posible desconocer, en los debates sobre los modelos de producción y consumo, la capacidad edificante de las palabras y su posibilidad de dar forma a una imaginación opuesta a la del discurso económico extractivista. En las discusiones en torno a la Cumbre de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable hay una dimensión simbólica insoslayable. La que pregunta qué es eso que llaman «desarrollo». La que despeja el concepto para encontrar el universo que le da sentido. Y discutirlo. Se discute la definición de los problemas ambientales y los modelos de producción, el modo de nombrar a la naturaleza y a las consecuencias de los tipos de relación que se construyen con ella. Entonces es posible reconocer, por ejemplo, que frente a la noción de «recursos naturales» y a la de «bienes comunes» se abren universos diferentes. Una visión de los bosques y los ríos como supermercados de energía frente a otra en que las selvas y las tierras son patrimonio colectivo de la cultura de los pueblos. Por allí están las bolsas de valores del mundo donde los frutos del planeta se nombran como commodities y cotizan según los logaritmos de la especulación financiera. Y por acá están las comunidades indígenas de América que se resisten a considerar a la tierra sólo como un recurso explotable. La tradición oral indígena ha mantenido viva en sus lenguas una concepción donde el territorio es la historia de la comunidad, es el que cuenta esa historia, es el hogar, la cultura y la identidad de ese pueblo. Tomar la palabra Frente a la noción de «seguridad alimentaria», la Vía Campesina defiende el concepto de «soberanía alimentaria» para decir que, además de la disponibilidad de alimentos, importa cómo se producen. Ahí, en una palabra, se condensa el derecho de los pueblos a definir sus políticas y estrategias alimentarias y agrarias, el respeto de las culturas y las formas de producción alternativas. Ahora, una extensa cadena de ideas, supuestos, posicionamientos se anuda desde el «desarrollo sustentable» hasta la «economía verde» y más allá. Una comunicación capaz de desalambrar los sentidos debe asumir el doble reto de evidenciar ese andamiaje y de explicitar las narrativas alternativas. Desde la Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable de 1992 todo dirigente político se ha pronunciado sobre la necesidad de enfrentar (o mitigar) el cambio climático, un apenas tibio modo de nombrar el «calentamiento global» o la «crisis climática». Porque la «cuestión climática» son varias cuestiones a la vez y las respuestas ofrecidas dependen del ángulo desde el que se la enfoque. Se trata de informar sobre la suerte y las necesidades de poblaciones castigadas por huracanes, sequías, deforestaciones o temporales. Se trata de dar cuenta de sus consecuencias devastadoras, de alertar y estrechar lazos de solidaridad ante los desastres del clima. Y se trata de explicar el nudo del problema que ha obligado a 38 millones de personas a desplazarse por motivos climáticos en 2010, según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). De explicar esos problemas desde nuevos marcos que pongan en relación hechos aparentemente inconexos. De hilvanar las palabras y las ideas, las perspectivas y las acciones, que enlazan las tomas de haciendas del Movimiento Sin Tierra en Brasil, las 50 muertes en dos años por la militarización del Bajo Aguán en Honduras, la Marcha Indígena en defensa del TIPNIS en Bolivia, las movilizaciones contra la gran minería a cielo abierto en distintas zonas andinas. Si el principio de «responsabilidades comunes pero diferenciadas de los Estados» que establece la Declaración de Río (1992) recae especialmente en los países «desarrollados» y evidencia los efectos sociales y ambientales devastadores de su crecimiento económico, abre también un cuestionamiento inevitable a la noción dominante de desarrollo. Y son muchas las organizaciones sociales, y empiezan a ser bastantes los países, que se preguntan sobre la pertinencia de sostener esa noción como eje ordenador de los objetivos políticos de los Estados. «¿Por qué una palabra que no significa redistribución ni democracia ni felicidad se ha convertido en el imaginario más potente del siglo XX? ¿Es el desarrollo el referente que en nuestros discursos e imaginarios debemos armar en este siglo XXI?», preguntaba el español Manuel Chaparro en la Asamblea Mundial de AMARC en 2010. Una tarea que bien puede servir de pista a las radios comunitarias es la que propone el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos: «Mucha gente que está sujeta a la urgencia de cosas más tenaces en su vida, como el hambre y la destrucción ambiental, ve que esto es producto de un modelo de desarrollo. En la medida en que los pueblos luchan sus luchas urgentes, al mismo tiempo deben hacer una pedagogía del cambio civilizatorio. No podemos resolver las cosas urgentes sin hacer referencia a que son síntomas de algo mucho más amplio que tiene que ser pensado. Hay siempre una manera de articular una acción concreta con una pedagogía del futuro». En eso, justamente, las radios comunitarias tienen experiencia. En hacer del futuro palabra y de la palabra acción. En agitar los sentidos. En desalambrar la palabra. En explorar el campo de la comunicación, el de la disputa por los términos que dan forma al debate y su contenido. Lo que esa disputa lleva implícito es el conjunto de ideas, el mundo, que da sentido a los términos. Desde el que hablamos, es el mundo que queremos construir. • |
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