EN ESTE NÚMERO (15)
 
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Cara y Señal #15
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(El lenguaje del desarrollo)
Conferencias oficial y alternativa en Río de Janeiro

Reinventemos el mundo

El sentido manifiesto de estos encuentros globales es la búsqueda de alternativas frente a la largamente diagnosticada crisis ambiental, que es también social, política y, en definitiva, civilizatoria. Las propuestas dependen, como siempre, del conjunto de ideas que determinan las miradas del mundo, las lógicas y actores priorizados, las concepciones en torno a la naturaleza, las relaciones entre las personas y su entorno, y los deseos acerca de cómo y en qué mundo queremos vivir.


La Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable, o Cumbre de la Tierra, o simplemente Río+20, busca renovar el compromiso político en relación al desarrollo sustentable y evaluar el recorrido desde 1992. Porque esta Cumbre se realiza veinte años después de la Eco 92, que reunió a 172 países, también en Río de Janeiro, y que alertó sobre los problemas ambientales y la consecuente injusticia social.

Río+20 es también Estocolmo+40, la Conferencia sobre el Medio Humano que en 1972 creó el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). En 1983 se conformó en el seno de Naciones Unidas la Comisión Mundial para el Desarrollo del Ambiente, que cuatro años más tarde presentó el informe Nuestro futuro común, un diagnóstico de la situación ambiental del planeta que, sin embargo, carece de un análisis profundo de sus causas fundamentales, que se enrola en la lógica capitalista dominante y argumenta que la salida a la crisis de crecimiento consiste en… «revivir el crecimiento». Este informe estableció los lineamientos de la Cumbre de la Tierra de 1992.

Esa Cumbre, la del 92, fue, al menos en términos teóricos, un sacudón al paradigma del crecimiento económico indefinido y el consumismo. Alertó sobre la evidente finitud del planeta y los recursos naturales, sobre el cambio climático, sobre los efectos sociales en términos de desigualdad.

En convenios, protocolos, convenciones, principios, agendas, se rubricaron los compromisos de los países, de las empresas y de la sociedad civil sobre clima, diversidad, bosques, cambio climático, desertificación y más bajo el denominador común del desarrollo sostenible.

Río+20 espera evaluar «los avances logrados hasta el momento y las lagunas que aún persisten en la aplicación de los resultados de las principales cumbres en materia de desarrollo sostenible». Algunos países, no obstante, prefieren evitar la revisión de los compromisos con el mismo interés que en sortear el debate sobre las raíces de la crisis. La mirada tenderá, mejor, hacia un futuro teñido de verde.

Es un espacio de disputa –en condiciones desiguales, como suele ser– para afirmar las bases de la gobernanza ambiental global para este siglo. Las demandas de soberanía y derecho al desarrollo propio de los países del Grupo de los 77 más China –que se vienen evidenciando en no pocos países latinoamericanos–, aún sin horadar los cimientos del modelo, pueden cuestionar las estrategias en que los mercados se constituyen como actores más poderosos que los propios Estados.

El realismo de los idealistas

Río+20 puede ser una oportunidad para reinventar el mundo. Pero, «a juzgar por la acción de los actores hegemónicos del sistema internacional y por la mediocridad de los acuerdos internacionales negociados en los últimos años, sus falsas soluciones y la negligencia de principios previamente acordados en Río 92, entendemos que, si bien no debemos cesar en el intento de influir en su actuación, tampoco debemos ilusionarnos de que ello pueda relanzar un ciclo virtuoso de negociaciones y compromisos significativos para enfrentar los graves problemas con los cuales se depara la humanidad y la vida en el planeta.» Con esta valoración de la Conferencia oficial se organiza la Cumbre de los Pueblos, que sesiona, con otras dinámicas, con otros colores, con otros atuendos y, principalmente, con muy otras ideas, durante la semana previa a la Conferencia de Naciones Unidas, también en Río de Janeiro, a unos cuantos kilómetros de distancia en términos geográficos y en las antípodas en términos políticos e ideológicos. (Ver Alternativas de expansión, entrevista a Cândido Grzybowski, en esta revista).

Así como el encuentro oficial ha tenido reuniones preparatorias en Nueva York a cargo del Comité creado para tal fin, la Cumbre de los Pueblos ha realizado también actividades previas en todo el mundo. Foros, seminarios, movilizaciones, talleres, manifestaciones públicas, proponen, reúnen y al mismo tiempo cuestionan la propia idea de Cumbre con propuestas de encuentro en espacios autogestionados y libres que tienden a la horizontalidad en sus formas de construcción. La más significativa de estas actividades preparatorias para la Cumbre de los Pueblos fue el Foro Social Temático, que se realizó en Porto Alegre en enero de 2012 como una instancia del proceso del Foro Social Mundial. En otros puntos del planisferio se realizaron encuentros sociales sobre trabajo y medio ambiente, justicia social y ambiental, educación, explotación minera, cambio climático y empresas sostenibles, tecnologías para la inclusión, agua, ciudades eficientes, la responsabilidad de los partidos políticos, se realizaron consultas y se generaron espacios para analizar las perspectivas de la Conferencia oficial. Cada uno de estos temas lleva consigo la necesidad de un cambio de paradigma.

Los bienes comunes, el acaparamiento de tierras, la contaminación, los derechos de la naturaleza, la soberanía alimentaria, la igualdad, la profundización de la democracia –también en términos comunicacionales– son todos denominadores comunes en estos debates. Los bienes comunes de la humanidad, de propiedad –ni pública ni privada, sino– colectiva concentran buena parte del paradigma de economía, política y sociedad que las organizaciones de la sociedad civil impulsan para dar cuenta de la posibilidad de dar forma a un modelo de producción y de consumo distinto al de mercado.  •




 
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